7.20.2007

Se le quebraba la piel.
Cuando gritaba se le rajaba en pedazos y se le salían.
Las ideas se le salían.
Y le gritaban y le decían que él era rojo, medio tirado para la izquierda. Todo eso le decían mientras babeaban. Lo que no sabían que además de rojo a veces, sólo a veces era color piel, piel que ahora se quebraba.
No le valía llorar porque les daba el gusto, el gusto de verlos erectos cada vez que se retorcía con pavor, con miedo, y sabiendo su ocaso, no por muerto sino por vivo ahí.
Y no lloró. Lo marcaron pero no lloró, lo cogieron pero no lloró, lo mataron vivo y 30 años después recién lloró.
La piel se le quebraba, contaban, que cuando los pasos retumbaban en los pasillos automáticamente las llagas le saltaban y corrían, por las venas hasta el cerebro y de ahí directo a la memoria, quemándola y raspándola con dolor y cables.
“¡Rojo!”, le decían “voletao´”, “invertido”, pero no sabían, entre tanta tortura a vivas dioses voces, que también era piel a veces. Cuando se sacaba la ropa, cuando se reía por una canción y cantaba por alguna razón no sabían, pero era piel color humano, color piel.
Que se le quebraba, todavía se le quiebra, a veces. Cuando se acuerda de las llagas bailándole la tarantela en la prisión, se le quiebra la piel.

7.19.2007

Todos somos putos


Ahora los libros van a ser más caros y sus historias más conocidas. No faltarán esos que se jacten de lo bien que lo conocían y lo mucho que lo leían, ahora todos querrán a su linyera y a su pulgoso perro.

El negro era rosarino hasta la manija, vivió del fútbol, principalmente contándolo, que era lo que mejor sabía hacer. Tenía 62 años y una forma de contar que me llenó la estantería con sus hojas. Me enseñó la sátira. Que un linyera puede ser más que un vago sucio, que existe la remota posibilidad de un agente secreto sirio seductor y tan galán como desopilante. Qué en el fútbol no hay solo fútbol. Me enseñó también que El Cairo es más que un bar y que puedo reírme con mirar sólo un par de letras bien acomodadas en un papel.

Nació en el 44, cosechó miles de premios pero más que nada una bruta y directa forma de expresarse para derribar mitos de la escritura. Sobre la inspiración a la hora de escribir dijo: “Yo tengo que publicar todos los días, y si espero a que lleguen las musas me muero de hambre".

Defendió las “malas palabras” y alegó su condición a un mal uso y no a una maldad intrínseca y natural en ellas.
Fontanarrosa no hablaba, narraba. Así fue como lo conocí, conociendo a mi papá, que como tantos otros a esta hora, es su fanático número uno. Cuando iba a visitar a mi viejo le robaba un par de libros y ahí fui adentrándome en la historia de un hombre que al principio no entendía y por eso sus textos no me conmovían. Hasta que conseguí, después de tozudas lecturas darme cuenta que ese tipo, con esos cuentos, logró que entienda a la literatura como arte de reír también, y eso no es poco.
Lo único que atiné a hacer cuando me enteré que te moriste fue estrolarme la cabeza contra la almohada para poder acomodar con el sueño todas estas palabras que aún despierto, no puedo ordenar. Por ende, y permitiéndome la desprolijidad que este tipo de lugares de expresión nos da, escupo todas las que se me vienen a la mente cuando pienso en Roberto Fontanarrosa:

Incitaba a quebrar el orden y la rebelión popular en el estricto modo de vida setentista, dibujó, literó, formó y capacitó, discapacitó y culturizó. Transpoló las discusiones de un grupo de amigo hablando boludeces en una mesa al resto del mundo. Nos emputeció con sus libros y nos amargó con su enfermedad. Rotuló con los títulos de sus textos la cotidianeidad de dos generaciones. Habló. Habló como vos, como yo, como aquél, como Borges y Cortázar, como humorista, artista y creador, como el maricón de Dickens y la reputa que los parió.

En definitiva me enseñó que el humor puede estar escrito, y bien.
Sí. Nos convertiste a todos en putos.
Yo me cagué de risa negro, eso sabélo.