11.27.2006

Solidez Desliz o Diez los Diez sol

Que decirte que con una nube atada en la nuca, y una garúa en la espalda no me salen las palabras elocuentes y encantadas.
Diciéndote que amor bidimensional con las canciones que te idealizan, o mejor dicho, imaginan a mi viviéndote a vos.
Que decirte extradito todas ganas de besarte hasta que tenga la oportunidad de verte y ahí si disfrutarte.
Diciéndote que te disfruto y aprovecho esto de tenerte, aunque no te tengo.
Anoche, me di cuenta hoy, noté que la lluvia era sólo sobre mi cabeza.
Anoche, me di cuenta hoy, que ya no tengo tanto en que invertir mi tiempo más que para pensarte.
Anoche, me di cuenta hoy, que la anacronía temporal ya no sienta tan bien, y el flujo inconstante de ideas perdió sentido en el mismo momento en que no puedo ver tu gesto de felicidad cuando te leo.
Anoche, me di cuenta hoy, que esto de no palparte desvanece poco a poco mi humor hasta reventar en pedazos y mufas de tristeza. En las que no concilio, más que protestas, más que retazos, más que decirte.
Que nosé como contarte.
Que te extraño.
Diciéndote.
Te extraño.

11.24.2006

Sala de espera

Su sala de espera no tuvo vírgenes ni madres, siquiera peces flotadores animándolo, o una preciosa enfermera de tetas grandes y cara de asfalto congelado. Sólo tuvo al pasado yéndose y viniéndose en parientes y partidos transmitidos por radio. “Dos a cero de ayer y hoy”. La anacronía temporal postrada en una cama que se desvanece arteria a arteria.
Su sala de espera tuvo pasillos largos de lagunas y memorandums pegados en las paredes de nuestros corazones, las esquirlas de las guerras civiles que lo trajeron a nacer aquí. Cuando aquí era alegría e incertidumbre, de la buena, de la del progreso industrial y Campeche, que formó los silos dónde hoy estamos parados.
Su sala de espera no tuvo abril, ni mucho menos semanas santas, sólo tuvo un lánguido año nuevo en caída libre. Una impotencia e ignorancia medicinal que no supo hacer otra cosa más que alimentarte por cables de plástico, y un llanto de mamá en cada rincón de la casa.
Su sala de espera sólo tuvo reencuentro en alguna vía láctea con su mujer, única y repetible en todos nosotros.
Su sala de espera no necesitó de cristos redentores, o milagros medicinales. Sólo le hizo falta una larga y dolorosa despedida, eterna de pesimismo, para una bienvenida de descanse en paz con ella, para siempre y eternamente con ella.