8.22.2007

Yo he sido una Tortuga Ninja.
Con caparazón y antifaz. A veces espadas a veces tridentes o mis propios puños tortuguescos.
He sido un reptil vertebrado, muñido de un caparazón que me cubría, con un par de mangas por donde podía sacar piernas y cabeza. Más de 200 mil años de antigüedad, vi al mundo formarse y destruirse, y formarse para empezar a destruirse más lentamente. Aprendí técnicas de velocidad, desapariciones, de compra venta de inmuebles y hasta una vez le gané, de puro placer nomás a una liebre fanfarrona. Ella venía de onerosa forma, bilando y sonriéndole a todo el mundo, intimidando con sus formas y yo cuadrado como heladera frío y estático.
He sido amigo de otras tortugas. De las Pleurodiras, que son las que doblan el cuello de manera lateral para esconderse, mostrando desinterés alrededor. También conocí y compartí mucho con las Criptodiras, que son mucho más tímidas, estas esconden su cabeza para adentro, como con vergüenza. Pero yo no escondí nunca la cabeza, porque
Yo he sido una Tortuga, pero de las Ninjas.
Un viejo maestro que tuve alguna vez me dijo que no debía avergonzarme mi condición verduna, áspera y lenta. Y tal manija me dio ese maestro, que el día después de salir airoso de la carrera, en la que le gané ampliamente a la liebre y su ego. Armado del valor que me generó tamaña victoria vestí mi mejor caparazón -porque por lo general usaba uno más viejo pero duro, este era más blando, accesible, cómodo y hasta lujoso- y la invité a salir. Dimos vueltas, y brincos, los míos eran más cortitos porque mientras ella me enseñaba que la agilidad no es una condición sinequanon genética, yo intenaba sorprenderla con que mis patas cortas no eran impedimento para la proeza de los saltos. Por mi parte le enseñé que la paciencia no es sólo para animales de antaño.
Pasaron días y meses en los que vivimos encerrados en mi caparazón.
He sido una Tortuga Ninja, pero antes de ser un artista de la desaparición y la pelea fui una Tortuga enamorada.
A tal punto en que sus saltos dentro de mi caparazón hacían que la casa diera brincos de locuras, idas y venidas, brincos y trinos por las peleas de mi orden de jarrones prolijitos y limpios, contra tus vaivenes rítmicos.
Yo era una tortuga, Tortuga Ninja. Hasta que entendí que no todo era verlo desde un caparazón. Lamentablemente al mismo tiempo que yo aprendí eso, ella aprendió que los saltos no deben darse contenidos en caparazones óseos por más lindos que sean. Así, tan niño preocupado por el verde de mis arrugas fui dejándome las alegrías roedoras en cada rincón de la casa.
He sido una Tortuga Ninja, con reina y un caparazón que yo creía preciso tener, hasta que me di cuenta que hay aire, fuera y dentro de esa capota inflada de ego. Por más liso, granuloso, rugoso, riguroso. Inexorable o inflexible que sea, un caparazón es sólo eso. Un lugar donde alguna vez guardé mis garras, espadas, antifaces y frustraciones. Olores y técnicas para hacer del karate un arte y de la vida un estanque. Un lugar donde alguna vez he sido una Tortuga Ninja.

8.18.2007

No siempre, a veces, pero pocas

No siempre nos vamos bien. Claro está, la muerte es una sorpresa, pero no siempre. A veces se la espera deseosa franca y pura, negándole el permiso a reclamarle las manos disfrutando del alto impacto que suele tener. La agonía es el plato del día que nadie quiere pedir, a veces es sorpresa, no siempre, pero otras pocas veces llega como sorpresa, la agonía. No nos morimos rápido como un choque, un tiro, un cachetazo bien puesto, una tecla de luz apagada –o prendida cuando estamos optimistas- un te quiero o un cuidado, un “¿porque a mi?” o “a todos nos toca, pero igual te extraño”. Nos morimos como humo disolviéndose y de a poco empañamos los malos recuerdos, damos lugar a los nuevos y mal que mal mentimos con que la agonía era un mal y era “preferible que se muera antes de vivir así” y zas!, nos fuimos.
Pero algunas otras veces, no todas, todas no. La sorpresa es la misma agonía. Manejamos en la ruta, nos duele un costado y nos empezamos a morir, la sorpresa no es la muerte entonces, sino el comienzo vertiginoso de ella.
Comienzo indefectible e irrevocablemente encantador del ocaso lineal de la vida.
Nuestras expectativas entonces ahogadas, superadas por una situación que no podemos manejar y si hay algo que desorienta al humano es no manejar nada, ni siquiera su agonía.
Pocas, pero muy pocas, son las personas que pueden sacar provecho de esta fatalidad en forma de línea vital, los que ya están perdidos en vida. Aquellos que no esperaban mucho, que no se pueden ahogar en expectativas porque nunca las vivieron, los que sobrevivieron el día, Guiyo no sobrevivió ese día, pero si otros. Guiyo manejaba y le dolió, le dolió tenerlos lejos, le dolió el faso y whisky en las tardes sedentarias que él solo se supo cosechar. Los pibes lejos por su testarudez, o la de ella, también le dolieron, y durante años. A Guiyo le dolió el entorno y el estar listo para que ese entorno desaparezca y su incomodidad se vaya yendo por ahí en alguna charla de los esperaban, junto a él, sin hacer mucho más que estar por.
No siempre, a veces, pero pocas algunos esperan a ser sorprendidos por la muerte, ya sea de golpe, de lenta y perezosa o de aburrida en espera. Agonía pura y simple, que empezó de temprano y se olvidó de terminar. Pasó de largo. Guiyo quedó viviendo con la agonía sin darse cuenta que ese olvido disparatado era más que una segunda oportunidad.
No siempre, a veces, pero pocas, la agonía se nos planta y la muerte pasa de largo para comenzar un nuevo recorrido.
No siempre, a veces, pero pocas, nos olvidamos de ese descuido y nos acostumbramos a desaprovechar la segunda vuelta.
Ahora el Guiyo se nos fue y algunos lo lloran, y lo extrañan. Pero pocos lo recuerdan en su espera agónica. Pocos recuerdan que él la dejó estancar. Pocos sabrán que la agonía es para aprovechar, y más cuando está estancada y domada, para que la muerte siga de largo un ratito más y nos olvide. No siempre, a veces, pero pocas suele pasar. La muerte se suele olvidar.


8.14.2007

Juan Cassadey Casado me decían los muchachos, el enamorado; el de las alegrías y miserias a los desaforados. Que desesperanzados te cuelgan de sus arcas y hamacas de chapa armada para su desgano.

Juan Cassadey Casado le decían, el que se había sublevado.
“Me bajo del mundo y con desgano anuncio a mis hermanos que mi andamio será inmortalizado”
Dijo Juan Cassadey Casado cuando desmentía que se había enamorado.

8.10.2007

esfumóse
disolvióse
deformóse...

para formarse de nuevo

8.01.2007

Friend of a Friend



He needs a quiet room
With a lock to keep him in
It's just a quiet roomAnd he's there

He plays an old guitar
With a coin found by the phone
It was his friends guitar
That he played

He's never been in love
But he knows just what love is
He says nevermind
And no one speaks

He thinks he drinks too much
Cause when he tells his two best friends
"I think I drink too much"

No one speaks
No one speaks
No one speaks

He plays an old guitar
With a coin found by the phone
It was his friends guitar
That he played
When he plays
No one speaks



No one speaks
When he plays
No one speaks

de Dave a Kurt