4.27.2006

Basta.
No quiero ser como vos. Ni mucho menos que pienses como yo.
Peleáme, por favor debatime a gritos y arañazos.

Escupime, mordeme y gritáme todo lo que destestás de mi.
Basta.

Me gusta escribir los cuadernos de atrás para adelante,
como construyendo versos desde abajo, escalando el ego que constituye a un mediocre escritor como yo.
Dejar los papeles rayados con letras inentendibles, por el pasillo de la casa.
Rompélos, pateálos, quemalos con insultos y el fuego de tu ira.

Por favor retame y decime que son obscenos y violentos, transformáte en la crítica despiadada diciendo que son basura.
Basta.
Una vez que hagas todo eso voy a sentirme realizado y feliz.
Porque sólo así se que tu atención pude conseguir.

Extrañamente llueve y tengo que escribir.
Las gotas son de grueso calibre, que amenazan mi seguridad de sabana hasta el cuello.
A las coincidencias las tomo como una eventual normalidad yuxtapuesta con la suerte, buena o mala, de tenerte viviendo, abismalmente, cerca.
Antes que la nebulosa dispersión de lunes termine de hacer bolsa las pocas horas de sueño, bienvenida al mundo de los que tienen agua caliente.
La lluvia tomó por sorpresa a una pareja que se besaba, y a mi con ganas de batirla a duelo. Porque si algo saben las amorfas células acuosas es que distraen a todas las personas de sus actividades.
Te ponen a prueba, ¿qué tan concentrado estabas leyendo?
¿estás dispuesto a engriparte por una chica?
El flaco pelilargo que está en la vereda de enfrente si.
Me pregunto ¿cuál será mi prueba?¿evitar sonreír cuando tu papá, entre líneas, me dice que estás bien?
Entonces hoy me agarró indefenso y desprevenido.
Extrañamente, 10 minutos después, las gotas dejaron de reventarse contra el asfalto.
Y yo me di cuenta de que no pasé la prueba.
Extrañamente llovió, paró, y yo volví a pensar en vos.

4.19.2006

QEPD

El amanecer del sábado 15 no fue como cualquier otro. Cuando sonó el teléfono hacía poco que me había acostado sin poder conciliar el sueño, y a decir verdad, desde hace tiempo venimos soñando con esa pesadilla de llamado. "Ya está, ahora no sufre más", sentenció la voz áspera del otro lado de la comunicación. Sin decir nada colgué, me puse el primer pantalón y alguna que otra pilcha que tuvo la mala suerte de cruzarse en el camino, y bajé a la calle. Casi era de día, y de atropellado nomás corrí las dos cuadras de la calle Barrera hasta que se hizo Brown. Entré sin tocar timbre y vi un grupo de personas que no conocía, salvo por la esposa, le di un abrazo fuerte y comencé a ablandarme. "¿Lo queres ver?", preguntó la mujer. Sin saber porque dije que si moviendo la cabeza, sin pensar en las consecuencia de verlo ahí, tan definitivo y terminante.
La boca la tenía un poco abierta. Negra intentó acomodársela mientras me decía entre lágrimas: "pobre viejito, sufrió mucho todo este tiempo". Nosé si por pena, de verlo tan en paz y a ella tan en llanto; o tal vez porque recordé todo lo que viví con él, o simplemente porque era mi abuelo, me quebré y lloré, como hacía mucho no lloraba.
Volví a la cocina y noté que más gente semidesconocida había llegado, algunos tomaban mates, otros más nerviosos, té. Los esquivé agachando la cabeza y regresé corriendo a casa para darles la noticia a mis hermanas y empezar el día mas largo de mi vida.
A las 10 de la mañana ya estaba en el sepelio esperando que lo entierren y lo dejen tranquilo. Qué tanto llorarlo ahí blanco y congelado, lo quería al lado de la abuela y que el destino de la post muerte lo designe donde sea, en cielo, en el infierno, en la tierra, en cualquier lugar.
Con la puerta de la bóveda familiar abierta, mientras su mejor amigo, el viejo Bollini, lo despedía con unas palabras en el cementerio, previo paso por la iglesia y todas las plegarias correspondientes a las que accedí por respeto a mis familiares, miré de reojo para cerciorarme de que el cajón de mi abuela esté ahí. Le sonreí y pensé “te lo mando martita, cuidalo que es nuevo en esto”, y preferí dejarlos que vaguen por la vía láctea. Que se queden en el mejor de su recuerdo, porque la muerte tendría que ser así. Uno debería vivir eternamente en su momento más feliz. Al menos así es como me voy a acordar de Horacio Alfredo Belamendia. Con la boina y la sonrisa sosteniendo la nariz gigante esperándome en la puerta de la casa y frotándose las manos, inquieto, esperando que sus nietos lleguen, para minutos después renegar por el ruido a la hora de la siesta, o por la cantidad de coca cola que consumíamos. O porque no sabíamos ensillar un caballo, ni diferenciar la hoja de la soja del trigo. Con esa imagen me sequé las lágrimas y besé una vez más el ataúd, ya acomodado al lado del de la abuela.
El atardecer del sábado 15 no fue como cualquier otro. Cuando subí al auto supe que lo iba a charlar en los sueños o en las fotos, que lo iba a llorar un ratito cada fin de semana y lo iba a ver en el carácter de mi vieja, o en los ojos de Valentín. En la risa del tío Cali o la picardía de francisca, la menor de mis primas. Por eso reservé el llanto, y lo guardé para administrar las lágrimas de a poquito, cada vez que le dedique un pensamiento.
El anochecer del sábado 15 no fue como cualquier otro, porque supe que no hubo más curvas peligrosas en el final de su recta.

4.05.2006

YAPA

Cuando ella hablaba, con voz tranquila y segura a un tono casi imperceptible por el oído humano, no importaba lo que pasaba alrededor. Todo se esfumaba, las luces no encandilaban y el cerebro se llenaba con la morfina del vaivén de sus ojos que lo anesteciaban de fuertes decibeles musicales. "Podría vivir en estos 5 minutos de imagen perfecta", pensé, y enseguida recordé lo que alguna vez escuché a un amigo dijo: "Por más incómodo que se sienta uno en determinada situación, le termina gustando. No por masoquista, sino porque uno le gusta sólo aquello a lo que se acostumbra". Lo trasladé a todos los ámbitos de mi vida, para internar refutar eso que había dicho. Me daba bronca darle la razón, porque si hay algo que me enferma es dar la razón. Las viejas se acostumbraron a que el colectivo frene a mitad del asfalto en vez de al borde la vereda, así como los clientes a ser robados por los comerciantes, y a sentarnos en el banco del fondo mirando sin animarnos a habarle a la morocha de la primera fila, etc.
Gustaba de dormir hasta el mediodía, pero ahora me acostumbré a vivir la mañana. Adoraba ver a los amigos todas las tardes, pero ahora me conformo con verlos una o dos veces por semana. Adoraba que los domingos a la tarde vuelva de su almuerzo y me despierte contando las novedades de la revista de La Nación y el menú que la abuela había preparado, o las charlas telefónicas al exterior. Ahora acostumbro a dormir de corrido para recuperarme de la noche anterior y a que los bocinazos del garage atropellen los sueños, que más tarde voy a olvidar, y avisan que va a ser otro día igual . Por ende, no quedó otra que desacostumbrarme a ella.
Hace dos horas aprendí algo, que en verdad sabía desde hace mucho pero faltó la palabra de alguien con experiencia que me enseñara a saber lo que se; todos nos podemos sentir insectos cotidianos encerrados, negados y asquerosos. Sacamos lo peor de nosotros. Y ahí si, ya nos acostumbramos a ser larvas, y ahí nos gusta, regordearnos de lo que podríamos ser si nos dieran la oportunidad de ...Después de tiempo, cansado de querer refutar la afirmación de la costumbre y los gustos, empecé a responder que estaba bien solo, que no necesitaba a alguien. Una vez más caí en error, como mi costumbre era estar solo, me gustaba. Hasta que una palmada hizo que esa acostumbramiento se vaya a la mierda y empiece a dudar de lo dicho por aquel amigo. Si yo me acostumbré a no verte, ¿por qué se me cayó el culo destartalando todo el esquema de viernes, bar, boliche y cama?. Y por eso es que nunca más me quise acostumbrar a nada. Aunque tranquilamente podría acostumbrarme a leerle los finos labios, a escucharle los viajes y las quejas.A tenerla al lado como una más del grupo con la que me encantaría compartir el vaso y algo más, a bajarle las medias negras y subirle el autoestima los miércoles, darle la confianza los sábados para bajarle los humos horas más tarde.
Enseñarle a mirar arriba los días de lluvia y a esconderse con la sábana los fríos días soleados de mayo, a devolver los corazones robados y remendar los rotos, a cantar blues bien diáfanos y torearle a las octavas rasqueteadas por púas de malhumorados.
Ayudarla a dibujar sin esquemas y a encriptar los sentimientos en besos y risas con puré y salchichas paladinas buenisimamente vienesimas.
Ella, por su parte, aprendería a callarse para ausentarse y acompañarme opacando con un beso mi voz tan desafinada como fuerte e inconexa. Y yo le respondería con mi silencio obediente de nene que recién aprende a izar una bandera, y podría acostumbrarme a eso.
A quererte sin tenerte y escribir retóricas conclusiones que vuelven sin que las leas.
Cuando termino de leer borro la sonrisa, porque si hay algo que me gusta es lo lacónico turbio y oscuro. ¿Será porque me acostumbre a las tristes poesías cantadas de mis alcurnias?
Por último me atrevo a pensar sin consultarte ni pedirte permiso. Aunque te contaría lo importante que me estoy volviendo, por más que sea una exageración. Que aprendí a querer sólo porque me acostumbre a no tenerte.